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Lara avanzó entre las sombras carmesí del Velo de la Noche, sus tacones de aguja rojas golpeando el mármol en un ritmo hipnótico que hacía eco en el laberinto de espejos. Cada paso estiraba sus piernas infinitas, el corsé rojo —cortado a la medida— apretándole la cintura y empujando sus enormes senos hacia arriba, amenazando con saltar con cada respiración. Las pequeñas alas de Cupido, hechas de plumas de ganso teñidas, rozaban los hombros de los clientes cuando se deslizaba entre ellos, dejando un rastro de perfume dulzón y promesa.
Los espejos la devolvían mil veces: parpadeaba una sonrisa maliciosa, destellaba una cadera que se ondulaba con intención. El aire olía a pachulí y humo de habano; el bajo de la música vibraba en su pecho, acariciando sus pezones bajo el encaje. Sintió la mirada antes de verla: una fijeza potente que desnudaba más que la luz. Al final del corredor un hombre de ideal impecable —traslúcida camisa blanca, gemelos de platino, afección de mandar— reposó la copa de whisky y la estudió como quien evalúa una adquisición de museo.
Ella desaceleró, dejó que su talón se detuviera crujiendo sobre la losa y giró el tobillo, exponiendo la curva tensa de su gemelo. Su mente académica registró el detalle de su lenguaje corporal: hombros hacia atrás, barbilla levemente alzada, una dominancia que reclamaba sumisión. En lugar de intimidarla, la calentó. Apretó el núcleo de sus muslos y se acercó, balanceando los glúteos para que el minifalda de cuero rojizo se deslizara apenas, permitiendo que los espectadores en los espejos vislumbraran el liguero y la protuberancia húmeda que marcaba su tanga.
Se detuvo a un palmo de él; el reflejo de sus ojos ámbar chocó contra el verde gélido de su observador. El silencio se hinchó. Después inclinó la cabeza, dejó que su melena color miel cayese sobre un hombro y susurró: —¿Quieres jugar, cariño?
El hombre no respondió con palabras. Sus dedos —frías, fuertes, con sortija de sello— se cerraron en torno a la muñeca de Lara y tiraron, guiándola fuera del pasillo hacia una puerta lateral que solo los privilegiados conocían. El picaporte giró sin chistar; un hedor a terciopelo viejo y cera derramada los envolvió cuando cruzaron el umbral.
La sala privada era pequeña, íntima. Un canapé de terciopelo rojo sangre se alargaba bajo una araña de cristales ahumados que derramaban luz bruñida. En una mesa de caoba se exhibían juguetes de acero y silicona: plugs anales de tres tamaños, pinzas para pezones con pesas, un consolador doble, una fusta de cuentas de cristal. La puerta se cerró de golpe y el cilindro de la cerradura giró con ominosa certeza.
Lara sintió el clic como si le abrieran la bragueta del alma: anhelo, vértigo, poder. Se giró, apoyándose en el respaldo del canapé, y arqueó la espalda hasta que el corsé crujió y sus senos se anunciaron como ofrenda. Descruzó las piernas y vuelve a juntarlas apretando la hendija que templaba.
—¿Qué deseas, señor? —musitó—. ¿Mi boca, mi coño o mi culo?
Su voz, habitualmente suave y cerebral, se vistió de cortesana: cada palabra se deslizó, se lamió, se ofreció. El hombre exhaló un gruñido hondo, más animal que humano, y la agarró de las cintas del corsé. Un tirón violento acortó la distancia; el broche frontal saltó y el corsé se abrió, dejando al descubierto la piel lechosa, los pezones rosados y gruesos que se endurecieron al contacto del aire. Él miró los pechos como quien admira armas: temibles, gloriosas, listas para ser usadas.
—Todo —dijo, y la empujó hacia atrás.
Lara cayó sentada sobre el canapé; el terciopelo frío le rozó los muslos. Él se arrodilló sin ceremonia, apartó las piernas con manos que parecían hechas de mármol y se hundió entre ellas. El primer contacto de su lengua fue brutal: una estocada desde el vértice del clítoris hasta el arranque del ano. Lara soltó un jadeo que se rompió en gemidos cuando la lengua enroscó, succionó, repetía la ruta una y otra vez, empapándola, desmenuzándola. Sus dedos índice y corazón se colaron bajo el tanga de encaje, encontrando los labios húmedos y abriéndolos para que su boca pudiera beber a fondo.
El placer la plegó; la cabeza de Lara golpeó el respaldo y sus manos se enredaron en el cabello oscuro de él, lo jaló más adentro. Mientras su lengua la desquiciaba, un dedo anular —grueso, nudo prominente— empezó a dibujar círculos alrededor del ano, presionando, exigiendo acceso. El músculo cedió; la yema entró hasta el segundo nudillo y un fuego agudo se esparció por la columna de la joven. Entre sus gritos, ella oía el chapotear húmedo, la lengua que lamía su whisky natural, los gemidos roncos del hombre que aún no había desabrochado el pantalón.
De pronto, en la rendija de la puerta, un movimiento. Sutil primero: la sombra de unos dedos sobre el marco, después el resplandor de un ojo curioso. Un intruso. La figura no se ocultaba; apenas respiraba, inmóvil, embobada. Lara abrió los ojos cuando el hombre retiró la boca, levantó la cabeza y la miró: irises verde esmeralda centelleaban tras la abertura. En lugar de asustarla, la descubrió una oleada de calor nueva, una exhibición que desmultiplicó su excitación. Retiró las manos del cabello del desconocido, se agarró los pechos, los ofreció, los apretó hasta que la carne burbujeó entre sus dedos, y mantuvo la mirada del voyeur mientras susurraba, ronca:
—Sigue, no te detengas.
El hombre de traje, ajeno al intercambio, tomó la orden como si fuese para él. Se incorporó de un brinco, desgarró el tanga de un tirón y desabrochó la hebilla con furia; el sonido del cuero fue como disparo. La cremallera bajó con estrépito y su erección se proyectó: gruesa, enhiesta, venas abultadas que latían. Ágil a pesar de la crudeza, la alzó por la cintura, la giró y la becó sobre el canapé, pechos aplastados contra el terciopelo, culo al aire. Lara gimoteó de anticipación; recordó la sombra en la puerta, deseó que la viese entera, abierta, dominada.
El hombre no la hizo esperar: escupió en su mano, lubricó la punta y embistió de golpe, partiendo la entrada de su coño en un solo empuje. La sensación fue un relámpago blanco; sus dedos se enclavijaron en el respaldo y gritó, un grito rasgado que se volvió susurro puta cuando él retiró casi del todo y volvió a hundir. El ritmo fue inmediatamente salvaje: embestidas que sacudían el canapé, sus testículos golpeando el clítoris, la carne de sus nalgas rebotando con chasquidos húmedos. Con cada estocada él le susurraba:
—Vas a tomarlo todo, zorra… abre más… abre…
Lara abrió más, separó piernas, arqueó la espalda, ofreció el ano que aún hormigueaba del dedo. Él entendió: escupió otra vez, masajeó el anillo apretado y, sin piedad, lo invadió con pulgar mientras el pene seguía taladrando su vulva. La doble penetración la volvió loca: fue un gemido líquido, largo, que se hizo temblor de todo el cuerpo; sus pechos rebotaban, pezones raspando la tela, excitándose con la fricción.
Desde la puerta la sombra se movió: la mano, apenas visible, subió a la bragueta y se frotó; el intruso respiraba con la boca abierta, húmeda, deseosa. Lara alzó la vista, atravesó el espejo oscuro del ojo ajeno y sonrió, succionando la mirada, devorándola. En ese momento sintió que el hombre la agarraba de la nuca, la alzaba, la obligaba a ponerse en cuclillas sobre sus talones sin soltarla. Los tacones desnivelaban el ángulo: su culo quedó más expuesto, su clítoris presionó contra el eje húmedo y ella empezó a rebotar sola, cabalgándolo hacia atrás, apretando pecho contra cuello masculino mientras sus dedos se enredaban en la corbata para mantener el equilibrio.
—Así… así, mueve ese coño, ahhh… —El hombre casi balbuceaba, la voz quebrada por el placer.
Los tacones resonaron sobre la madera: golpecitos frenéticos que marcaban el compás de su fornicación. Cada impacto empujaba el aire de sus pulmones y ella se imaginó al voyeur contando esos latidos, palpitando junto a ellos. En un arranque de osadía meneó el tobillo: un zapato rojo se soltó y quedó colgando de la punta, ofreciéndose como trofeo. La sombra fuera tartamudeó un aliento, la puerta se abrió un centímetro más. El zapato cayó; el eco fue una bofetada de deseo.
El hombre sintió que ella se contracía, un temblor interno que anticipaba explosión. La volvió a empujar sobre el respaldo, espalda abajo, y bañó sus pechos continuos de salivas. Sus manos se cerraron en torno a ambos senos, los apretaron, los levantaron, los usaron como asideros para rutear más rápido, más profundo, la cabeza de su pene golpeando el cuello del útero. El sonido de la penetración se volvió obsceno: chasquidos, rechinidos, la carne que tragaba y soltaba, la respiración que se rompía.
—¡Ah, sí, folla, folla! —Lara no podía articular más; las sinapsis se le quemaban.
Él gritó, un gruñido de oso que le brotó del pecho, y la largó: el pene latía dentro mientras ella sentía el calor del esperma llenándola, chorro tras chorro que rebosó y se derramó bajo sus nalgas. El contraste entre el semen hirviendo y el aire frío disparó su propio orgasmo: se agarró a sus pezones, los retorció y estalló, pussy aferrando la verga empapada, anillo apretando el pulgar que aún permanecía en su culo. Su espalda se arqueó hasta límites imposibles, la boca abierta en un grito mudo que solo escuchó el intruso, ahora casi completamente asomado, con la mano dentro del pantalón y los labios temblando.
Lara regresó a la Tierra temblando, el sudor pegándole el cabello a las mejillas, el corsé abandonado en el suelo como piel de serpiente. El hombre se retiró, la polla goteando en su vientre, y se acomodó el pantalón con la misma placidez con que se abrocha una corbata de negocios. Afuera, la sombra parpadeó, indecisa entre huir o entrar.
Lara posó la mirada en él —en ella, en el reflejo del voyeur— y sonrió, satisfecha, peligrosa. El placer aún le vibraba en las venas, el semen le escurría por el muslo hasta empapar el liguero, y sentía el pecho hinchado de victoria. La noche tenía aún horas por delante, juguetes sin estrenar sobre la mesa, un zapato perdido en el suelo, y dos hombres —uno que ya la había tomado y otro que moría por hacerlo— separados por una sola rendija.
Se incorporó lentamente, se llevó los dedos a los labios, le envió al intruso un beso húmedo y susurró de nuevo, apenas audible, pero claro: —Aún no he terminado… Ven cuando quieras, pero cierra la puerta si te atreves a entrar… o quédate ahí y sigue mirando cómo me follan.
El hombre de traje, ajeno a las miradas cruzadas, se alisó la chaqueta y dio media vuelta, sin despedida: compró, usó, y se marchó. Su silueta se desvaneció tras la puerta quedando el espacio cargado de sexo reciente, de vibraciones inacabadas, de la promesa abierta como piernas.
Lara se dejó caer de espaldas sobre el canapé, extendió un brazo hacia los juguetes, cogió un plug de acero frío y lo observó contra la luz de la araña, sonriendo. La puerta seguía entreabierta; la sombra, allí. Afuera, los tacones de otra bailarina repiqueteaban lejos; dentro, el eco del placer reverberaba como campana de cristal.
Ella apoyó el plug entre sus senos todavía calientes, lo deslizó por la curva, lo humedeció en los restos de esperma y, sin prisa, lo acercó a su culo recién probado. La noche era larga, el club guardaba secretos, y el Velo apenas comenzaba a descorrerse. Con la punta metálica rozando el anillo, Lara alzó la vista hacia la rendija y mordió el labio: el futuro —o el próximo orgasmo— sería lo que ella decidiera.
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