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La noche del Mardi Gras se derramó sobre ellos como un río de sudor, alcohol y deseo. Valeria sintió el pulso de la ciudad en sus sienes cuando Diego la jaló por la muñeca entre el gentío, stilettos resonando sobre el asfalto resbaladizo de cerveza derramada. Tetas desnudas rebotaban al ritmo del jazz desaforado, purpurina brillaba en los vellos púbicos afeitados que asomaban bajo minifaldas transparentes; hombres y mujeres se lamían la cara sin pedir permiso, la lengua saboreando rímel, ron, sudor ajeno.
Valeria respiró hondo y se ajustó la blusa azul; el encaje marfil del sostén asomaba insolente, acariciando la piel de sus senos cada vez que el viento empujaba la tela húmeda. Diego adelantó un paso, sus hoyuelos profundos marcando malicia mientras su mano vibrante se deslizó por la cintura de ella y llegó hasta el culo, donde el tanga negro desaparecía entre las nalgas. «Esta noche eres mía —murmuró al oído de Valeria—, pero también la reina de este antro.» Su aliento olía a whisky barato; su voz, a promesa.
Una esquina oscura detrás de la tribuna de tambores los recibió con gemidos amortiguados. Allí, un grupo de desconocidos se devoraba entre sombras: una pareja contra la pared, ella con las piernas alrededor de su cintura; un hombre de rodillas chupando la polla de otro mientras un tercero se masturbaba junto a su rostro. El hedor a sexo reciente y a calle mojada formaba un velo denso. Diego empujó a Valeria contra la fachada desconchada de un antiguo burdel, le subió la falda de un tirón y el aire frío azotó los muslos húmedos de ella. El tanga negro no ocultaba nada: los labios mayores inflamados dejaban un charquito oscuro en la entrepierna.
—Joder, Diego… —suspiró Valeria, sintiendo cómo las pupilas de varios transeúntes se clavaban en su monte depilado.
Diego se arrodilló sin ceremonia. El asfalto le raspó las rodillas, pero no pareció importarle: separó los muslos de ella con manos firmes, desplazó la tirita de tela negra y abrió la boca. Su lengua se hundió de golpe entre los pliegres hinchados, lamió de abajo arriba, se detuvo en el capuchón y succionó con fuerza. Valeria arqueó la espalda contra la pared, los tacones de aguja le temblaron, chocaron contra el ladrillo con un clac clac que pareció marcar el compás de la calle.
—¡Ah, sí… joder, más fuerte! —imploró ella, enredando los dedos en el cabello corto de Diego para apretarle el rostro contra su sexo.
El sabor salado de su sudor mezclado con el de su propio deseo llenó la boca de Diego. Lamió círculos rápidos, introdujo dos dedos en la vagina y los curvó buscando ese punto rugoso que hizo a Valeria contraerse de inmediato. Un chorrito caliente le salpicó la barbilla; él sonrió contra sus labios y siguió devorándola como quien come melocotón maduro.
Desde la penumbra emergió un hombre alto, torso desnudo bajo una camisa abierta, pantalones de cuero apretados que dejaban ver la polla dura apuntando hacia el cinturón. Sudor brillaba en su pecho; una gota recorrió el abdominalsurco y se perdió en el vello púbico. Se plantó junto a ellos y miró el culo redondo de Valeria, aún temblando al ritmo de la lengua de Diego.
—Déjame probarla también —susurró. Su voz sonó quebrada por la excitación.
Diego retiró la boca un segundo, la barbilla brillaba de jugos. Alargó un dedo, acarició el clítoris expuesto y sin mirar al extraño contestó:
—Si ella quiere, puedes unirte.
Valeria abrió los ojos, brillaban reflejo de farolas y deseo. Clavó la mirada en la polla anudada bajo el cuero, en la mancha húmeda que se ensanchaba. El corazón le latía tan rápido que le zumbaban las orejas. Tragó saliva, sintió el ardor en las mejillas y asintió con una sonrisa temblorosa. No eran palabras, solo aire y fuego; pero fue suficiente.
El desconocido se arrodilló al otro lado. Diego volvió a su labor, atrapó los labios menores entre los suyos y tiró suavemente; Valeria soltó un gemido agudo que retumbó en el pecho del recién llegado. Este, sin perder tiempo, escupió en sus dedos índice y corazón, los frotó contra la palma y deslizó la mano por la raya de las nalgas. El tanga quedó aplastado contra un costado; la punta de sus dedos rozó el anillo apretado, presionó hasta que cedió y ambos dedos se hundieron hasta el segundo nudillo.
—Ay, puta… se estrecha como un guante —masculló el hombre, retorciendo los dedos lentamente dentro de ella.
Valeria se agarró con más fuerza al pelo de Diego, levantó una pierna y posó el taco de aguja en el muslo del desconocido, clavándole la puntilla apenas. El dolor leve pareció encenderlo: apretó el ano contra esos dedos, sintiendo cómo la piel ardía mientras Diego succionaba su clítoris con firmeza constante. Un calor empezó a subirle por la columna; pecho, garganta, mejillas. Reconoció el precipicio: se agarró a él y saltó. Un chorro caliente le salió contra la boca de Diego, empapándole barba y camisa; Valeria gritó, el sonido se perdió entre los tambores que aún retumbaban en la calle principal.
Diego se incorporó, lengua fuera para mostrar a los curiosos la saliva y el líquido que le brillaban. Se limpió con el dorso de la mano y le guiñó un ojo al extraño.
—Sigue preparándole el culo, quieta la perra. Yo quiero ver cómo se abre más.
El desconocino obedeció: sacó los dedos hasta la mitad y volvió a hundirlos, esta vez acompañados por un tercero. El ano de Valeria se dilató, se cerró a su alrededor con un chasquido húmedo. Valeria jadeó, el pecho le subía y bajaba violentamente; las puntas de sus senos raspaban el encaje marfil que ahora se había corrido y dejaba entrever los pezones duros como cuentas.
Otra pareja se detuvo a mirar desde la boca del callejón. El hombre llevó la mano al paquete, ahí mismo se bajó la cremallera; la mujer, sin quitarse las gafas de plumas, se abrió la blusa y empezó a jugar con sus propias tetas, pellizcándose los pezones mientras observaba. El voyeurismo era un látigo que golpeaba el ambiente: cada mirada adicional subía la temperatura de Valeria un grado más.
Diego se colocó detrás de ella, le dio un manotazo seco en el culo.
—¿Quieres que te la meta, nena? —susurró contra su nuca, rozándole el pelo con los hoyuelos tensos de deseo—. ¿O prefieres que ese desconocido siguiera abriéndote el orto mientras te como la concha?
Valeria volvió la cabeza, sus labios temblaban deliciosamente húmedos. Miró a su esposo, después al forastero que aún bombeaba dedos en su ano, luego al resto de espectadores. Inspiró hondo y cuando habló su voz salió quebrada por la excitación pero firme:
—Quiero que me follen los dos. Aquí, frente a todos. Que me vean cómo me abro para vosotros.
Diego soltó una carcajada breve, sonoro. Apartó al desconocido de un empujón, se bajó la braga interior hasta las rodillas; la polla se le escapó tiesa, la cabeza brillosa de precum. Con una mano guió la punta hasta la entrada húmeda de Valeria y la deslizó hasta el fondo de un empujón. Ella gritó, el taco se le levantó del suelo un instante y cayó otra vez con un CLAC que resonó.
—Sosténla bien —ordenó Diego al extraño—. Abrele más ese culo, que dentro de nada voy a necesitar espacio.
El hombre obedeció: separó nalgas con una mano, siguió empujando tres dedos dentro, después cuatro. El ano palpitaba, rosado, brillante de saliva y de los fluidos de Valeria que se habían deslizado hasta atrás. Diego empezó un bombeo lento, casimaliciosos, haciendo que cada embestida sacara un gemido distinto de Valeria: agudo, grave, jadeante.
La muchedumbre creció. Alguien encendió el móvil y el haz de luz proyectó la sombra de los cuerpos sobre la pared. Diego usó la iluminación para mostrar cómo su verga salía brillosa y volvía a desaparecer entre los labios de su esposa; el desconocino retiró los dedos para que todos vieran el ano dilatado, abierto, pidiendo más. Una mujer gordita de máscara de plumas violetas se arrodilló junto a Valeria, le acarició un pecho y le susurró al oído:
—¿Te gusta que te miren, putita? Pues todos vamos a corrernos contigo.
Valeria apenas pudo asentir; el placer la tenía suspendida sobre una cuerda floja. Diego aceleró, los huevos le golpeaban los pliegues húmedos; el desconocido la penetró con el dedo pulgar mientras los índice y corazón seguían abriéndola, formando un cono que brillaba bajo la luz del móvil. De pronto, Valeria sintió que el orgasmo regresaba como una ola alta: se agarró al cuello de Diego, clavó el stiletto en la pantorrilla del extraño y soltó un alarido que ahogó las bocinas del desfile. Esta vez su cuerpo se sacudió, chorros de líquido le salpicaron los muslos a Diego, empaparon la falda azul que ya estaba recogida sobre la cintura.
Diego no pudo contenerse más: gruñó, sus dedos se clavaron en las caderas de ella y soltó su semilla caliente en espasmos que le subieron por la espalda. El desconocido, sintiendo los tirones internos, retiró los dedos con un chasquido final y se incorporó, la polla aún presionando contra el cuero. Afuera, los tambores callaron de golpe, como si el mundo aguantara la respiración.
Silencio. Sudor. Olor a sexo. Las luces de neón colorearon la escena: Valeria con las piernas temblorosas, el tanga negro colgando de un tobillo, semen escurriendo por sus muslos hacia los stilettos. Diego la abrazó desde atrás, besó su hombro, sus hoyuelos húmedos de excitación. El público rompió en vítores; algunos se masturbaban descaradamente, otros se fundían en besos, transmitiendo la fiebre.
Valeria sonrió, recorrió con la mirada a sus nuevos adoradores y posó la punta del pie sobre un cajón de cerveza vacío, dejando que el tacón reluciera cubierto de sudor y semen. Alzó la voz, ronca, segura:
—¿Quién es el siguiente?
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