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Fiebre de Carnaval

Tacones Rojos en el Lujuria

 




El ritmo del reguetón vibraba en los empellones de la multitud cuando Diego empujó la puerta de Lujuria, el hedor a sudor, licor barato y deseo recién encendido golpeando sus fosas nasales. Valeria avanzó un paso delante, tacones de aguja roja clavándose en el suelo como clavos ardientes. El disfraz —si es que aquella franja de lentejuelas azules merecía tal nombre— llevaba el escote hasta el ombligo; los aros de bisutería se abrieron con cada respiración, dejando ver el sostén de encaje marfil que apenas contenían sus tetas enormes, duras y altas. Debajo, la falda apenas tapaba la mitad de sus nalgas bronceadas, y cada vez que se agachaba para ajustarse el tanga negro, la muchedumbre silbaba como si un imán les arrebatara el aliento.

Diego apretó sus hoyuelos al sonreír, palmas vibrantes rozando la cintura de ella para exhibirla mejor. Un desconocido se adelantó, mano ansiosa estirándose hasta la carne tibia del pecho derecho de Desiré; ella abrió la boca, pero el quejido se convirtió en una risita nerviosa cuando el hombre apretó el pezón entre dedos experto. Diego, en lugar de interceptarlo, corrió el lentejuelo lateral, dejando la teta completamente al aire para la cámara de otro que ya disparaba flashes.

«Qué par más cachondo», se escuchó entre la multitud.

Desiré enrojeció, pero la humedad le corría por los muslos; cada vez que un desconocido le daba una palmadita en el trasero, ella apretaba los glúteos, provocando que el tanga se hundiera entre sus labios y dejara ver aquel chocho depulido, húmedo y palpitante. Diego la guió hacia el interior, donde los neones carmesí y turquesa surcaban la oscuridad y las paredes de espejos multiplicaban las imágenes de cuerpos sudados. El subwoofo vibraba dentro de sus pechos, como si la música misma quisiera exprimir sus pezones.

En la sala de luces flash, los rayos estroboscópicos detenían el tiempo: Valeria parecía una diosa congelada entre destellos, caderas marcando un perreo lento que hizo congregar a los cuatro compañeros de trabajo de Diego. Uno, Iván, se colocó detrás de ella sin pedir permiso; sus dedos se posaron sobre el glúteo desnudo, apretando la carne mientras su boca rozaba el lóbulo de su oreja.

—Esto es lo que trae tu marido de adorno, ¿eh? Un culo para compartir.

Valeria abrió los labios, pero Diego ya se había adelantado: sus manos se cerraron sobre las tetas desde el frente, estrujando el encaje marfil hacia abajo hasta liberar ambos pezones, que parecían reclamar atención. Retiró el tejido por completo, dejando que el par melones quedara expuesto al jolgorio. Los cuatro amigos rodearon el perímetro hipnótico de su cintura, dedos que se codeaban por el privilegio de rozar su ombligo, su clítoris, el bordo de su tanga.

—Dale, Diego, deja que pruebe —suplicó Mauricio, el más bajito, lengua fuera como perro sediento.

Diego asintió con una sonrisa de oreja a oreja y, cogiendo a Desiré por la nuca, la inclinó hacia adelante. Su mano derecha le bajó la prenda hasta las rodillas, dejando al descubierto el coño abierto y brillante. Iván no esperó: introdujo dos dedos de golpe, hundiéndolos hasta el fondo y retirándolos para enseñárselos a Diego, relucientes de jugos.

Ella jadeó, piernas temblorosas dentro de los tacones rojos, que ahora retumbaban en el suelo como tambores de guerra. Cada vez que se movía, el clack-clack del tacón pedía más, más, más.

El espectáculo fue subiendo de tono: un par de manos anónimas le separó los glúteos, mostrando al grupo el ano rosado que se contraía con cada latido. Alguien —Desiré perdió la cuenta— le clavó un dedo en el asterisco mientras otro le azotó el muslo. Diez, veinte palmadas que la música disimulaba; la piel enrojeció y ella gritó, pero el sonido quedó ahogado cuando Diego le levantó la barbilla y le selló la boca con un beso brutal, lleno de lengua y sabor a ron.

Después, sin mediar palabra, Diego la tomó de la muñeca y la arrastró por el pasillo de espejos. Ella tropezó con su propia falda amontonada en los tobillos, aún en los tacones, y ese tropezón la hizo sentir más expuesta: cocho chorreando, tetas rebotando, nalgas estrelladas contra los cristales fríos. Alcanzaron un reservado VIP separado por cortinas de perlas que repiqueteaban con la brisa del aire acondicionado. El sofá de cuero negro la recibió cuando Diego la empujó, la vuelta de un segundo, y ya tenía las piernas abiertas en ángulo de noventa, esos tacos rojos apuntando al techo como faros de lujuria.

Se arrodilló, respiración ronca, y clavó la cara entre sus muslos. La lengua recorrió el sexo entero de abajo arriba, deteniéndose a presionar el clítoris, después a perforar la entrada, saboreando el líquido salado que brotaba sin cesar. Valeria se agarró a su cabello, empujándolo más hacia adentro, caderas oscilando al compás de la percusión que retumbaba fuera.

—¡Sí, comemelo! —logró gemir, voz quebrada por los propios gemidos.

Los cortinas se apartaron. Iván apareció con la polla fuera, una verga gruesa y venosa que se balanceaba como un reloj péndulo ante sus ojos. Sin contemplaciones él se montó en el respaldo del sofá, inclinó la cabeza de Desiré hacia atrás y le llenó la boca de carne. Ella ahogó un grito; la saliva cayó en hilos mientras Diego, abajo, seguía lamiendo con furia, metiéndole dos dedos en la vagina y otros dos en el ano, abriéndola para su amigo.

El segundo, Mauricio, quiso participar: se arrodilló a su costado izquierdo y chupó el pezón con fuerza de succión que estiró la carne hacia fuera. Otro, Leo, se colocó al otro lado, exprimiendo el seno derecho con tal dureza que el blanco del encibe contrastó con el rojo de la piel sofocada. El cuarto, Bruno, prefirió observar un segundo más, luego se inclinó y le mordisqueó los talones de sus zapatos rojos, subiendo la zalea hasta la pantorrilla, lengua dibujando círculos hacia los ligueros que Valeria llevaba escondidos bajo la falda.

Se respiraba sexo, cuero y perfume embriagador.

Diego se incorporó, frente empapada de jugos femeninos, y desabrochó el pantalón con una sola mano. La polla saltó —gruesa, curvada, cabeza empurpurada— y la acercó al sexo abierto de Desiré. Un empuje seco hizo que ella se arqueara; el segundo le robó el aliento; el tercero la hizo gritar con la boca llena de polla de Iván. Diego cimentó el ritmo salvaje: embestidas que resonaban contra el cuero, cada golpe transmitido por los tacos hasta el suelo de cemento.

—¡Cógesela bien, puta! —gruñó él, voz que se quebraba de deseo.

Y ella, ahogada, contestó con un gemido vibrante que fue suficiente.

Mauricio y Leo coordinaron: sin retirar sus bocas de los pezones, cada uno agarró una pierna y la abrió más aún, exponiendo el cocho palpitante que Diego usaba como si fuera a romperlo. Iván, por su parte, empujaba la cabeza de Desiré contra su pubis, hasta que la punta de su verga tocaba la campanilla y la baba corría por sus propios huevos.

Bruno, demente de excitación, se quitó la camisa y se masturbó un segundo antes de subir al sofá. Colocó su polla entre las tetas mezcladas de sudor y saliva, atrapando los pezones contra el eje, jadeando cada vez que la carne se calentaba más.

—¿Quieres dos, zorra? —preguntó Diego, aunque ya sabía la respuesta.

Desiré no pudo hablar: asintió con los ojos vidriosos. Diego sacó los dedos del ano, los lubricó con los fluidos que brotaban de la vagina, y en un solo movimiento clavó la punta dentro del asterisco. Ella se encogió, pero Iván la sujetó por el cuello, y el dolor se fundió placer cuando Diego empujó el palo hasta el fondo, haciéndola sentir el doble relleno, vagina y culo al mismo tiempo.

Los tacos se clavaban en el aire con cada embestida; el clack-clack ahora acompasaba la doble penetración. Bruno se corrió prim: un chorro caliente que salpicó entre sus tetas y le llegó hasta el mentón. La visión fue suficiente para Iván, que retiró la polla de su garganta y descargó sobre su cara, semen cayendo en mechones de pelo y brillando bajo las luces neón que se filtraban por la cortina.

Diego aceleró, puños sobre las caderas de ella, gruñendo mientras su glande hinchado estallaba en lo profundo de su vagina. Chorro tras chorro inundó el útero, caliente, espeso, llenándola hasta rebosar. Desiré sintió cómo los músculos la sacudían, contracciones que empujaban la leche de vuelta, mezclándose con sus propios jugos en un charco sobre el cuero negro.

El aire olía a sexo recién follado. Los hombres se apartaron lentamente, respiración pesada, contemplando la escena: Desiré tendida, boca abierta, semen que le goteaba por las mejillas, cocho chorreando sobre el sofá, tetas enrojecidas, marcas de dedos por todas partes, y esos tacones rojos que seguían en pie, impecables, como símbolo de victoria.

Diego se inclinó, besó la frente de su esposa y susurró, tan solo para ella:

—Mi puta hermosa… gracias.

Desiré, con la voz ronca, le devolvió una sonrisa perezosa, cómplice. En el fragor del Carnaval, entre los ecos de reguetón y el resplandor de neón, se abrieron paso diez segundos de silencio sagrado: amor, orgullo y una promesa más intensa que cualquier gemido. Después, él le limpió la mejilla con el dorso de la mano, le subió la falda apenas un poco y la ayudó a ponerse de pie. Los tacos clacketearon de nuevo, esta vez despacio, como un tambor que anunciaba la siguiente ronda.


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