Featured post

Fiebre de Carnaval

La Estatuilla de Ébano y Neón








 Esteban abrió la cortina de terciopelo negro que separaba el reservado VIP del pasillo y empujó suavemente a Anastasia hacia adentro. El contraste entre el estruendo de la pista y el silencio expectante del reservado fue brutal: cinco rostros masculinos giraron al unísono, sus miradas clavándose en los tacones de diez centímetros que resonaron con un clic seco sobre el mármol iluminado por luces de neón azul. El aire olía a pachulí, whisky caro y el anticipado olor de sexo. Esteban colocó una mano en la nuca de Anastasia, obligándola a mantener la cabeza alta, mientras con la otra alzaba la cámara y disparaba el flash directamente a sus ojos.

—Caballeros —dijo, orgulloso—, permitan presentarles mi obra maestra: Anastasia. Está húmeda, obediente y deseosa de que sus manos firmen cada centímetro de su lienzo.

Un silbido bajo recorrió el semicírculo. Los amigos —todos en camisa negra, relojes de oro y pantalones ajustados— se reclinaron en los sofás de cuero blanco. Uno de ellos, el más alto, palmeó el respaldo del asiento central como invitando a Esteban a dirigir la función.

La música del resto del club se filtró débilmente por los altavoces del reservado, un techno lento que palpitaba en el pecho de Anastasia más rápido que su propio corazón. Esteban dio un paso al costado, colocando a su esposa bajo el haz de un foco giratorio morado que convertía su piel en seda violeta. Exhibió la cámara, enfocó el objetivo en los muslos temblorosos de ella y ordenó:

—Baila. Y recuerda: los tacones no se separan del suelo salvo que yo lo diga.

Anastasia tragó saliva. El alcohol y la adrenalina le nublaban la mente, pero la orden era clara. Apretó los labios pintados de rojo, giró sobre el eje de sus stilettos y deslizó las caderas al ritmo del bombeo electrónico. Cada movimiento imantaba miradas; la falda azul se agitó como una vela, dejando entrever el trazo oscuro de la tanga y el destello del encaje marfil que apenas contenía sus pechos pesados. Los gemelos se tensaron, los tobillos se alargaron; los tacones martilleaban con un “clac-clac” hipnótico que parecía decir “fóllame, fóllame”.

Un par de manos se alzaron primero, como en subasta. Esteban asintió con la barbilla.

—Adelante, probad la textura.

Los dedos se posaron sobre la cintura de Anastasia, rozaron la curva que se hundía hacia el ombligo, se aventuraron hacia los glúteos. Ella exhaló un quejido corto; la cámara captó el temblor de su barbilla. Otras manos se sumaron: una trazó la línea del brassier, otra acarició la parte interna del muslo hasta rozar la tela húmeda de la tanga. El moreno de la derecha apretó ligeramente, sintiendo la humedad que impregnaba la seda. Anastasia abrió la boca, jadeó un “ah” que se perdió entre graves y agudos.

Esteban se acercó por detrás, colocó la cámara sobre la mesa de cristal sin dejar de grabar con el móvil, y pasó sus dedos vibrantes por debajo del escote. Desabrochó otro botón: los peones se hincharon contra el encaje.

—Así —susurró—. Ellos van a tocar lo que yo diseño. Tú solo siente.

Dio un beso húmedo en la nuca y dio dos palmaditas señal: la falda cayó. La tela azul se amontonó en torno a los tacones como una ola. Quedó de pie en sostén y tanga, la piel bañada de luz morada, el roce de los desconocidos multiplicándose. Un par de manos se cerraron sobre sus senos, exprimiendo el encaje; otro explorador deslizó dedos por la hendidura de sus glúteos, besando el perímetro del algodón negro. Anastasia temblaba; sus rodillas casi cedieron, pero el sonido de los tacos al golpear el mármol la obligó a mantener la postura: columna arqueada, tetas ofrecidas, piernas tensas.

Esteban recogió la falda con la punta del pie y la lanzó lejos. Luego se colocó a su lado, agarró la barbilla de Anastasia y giró su rostro hacia él.

—¿Te gusta ser el cuadro que todos quieren manchar?

Anastasia asintió, ojos vidriosos. Los labios le temblaban.

—Díselo —ordenó Esteban, señalando con la mirada al grupo.

Ella respiró hondo, sintiendo cómo un dedo anónimo le desplazaba la tanga a un costado, rozándole la entrada húmeda.

—Me… me encanta —logró decir—. Quiero que me toquen… que me hagan suya mientras tú miras.

Un coro de risas machistas y gemidos bajos respondió. El que estaba más cerca se inclinó, chupó el lóbulo de su oreja y masculló:

—Pronto vas a tener más manos que agujeros, preciosa.

Esteban soltó la barbilla, deslizó la palma por el sudor que le perlaba la espalda y se situó detrás de ella, apretándole el cuerpo contra su pecho. Con los brazos cruzados sobre su vientre la inmovilizó, ofreciéndola a los demás como un saco de carne ansiosa.

—Ahora —anunció— quiero que presten especial atención a estos pezones. No muerdan… todavía.

Rió y, sin soltar a Anastasia, empujó suavemente sus muslos hacia delante. Ella obedeció, separando las piernas lo que la tanga le permitía. Los tacones elevaban sus nalgas, exponiendo el contorno húmedo de la tela. Los hombres se arrodillaron en semicírculo: una lengua lamió la línea de la ingle, otra chupó el borde del brassier haciendo que su pezón se endureciese bajo el encaje, otra besó el arco del taco y subió hasta la corva. Anastasia emitió un gemido largo, animal, mientras su pecho subía y bajaba con violencia.

Esteban la soltó por un segundo, tan solo para recargar la cámara sobre un trípode portátil y encender la grabación en modo continuo. Se quitó la chaqueta, dejando ver los músculos tensos de los antebrazos, y regresó. Cogió a Anastasia por detrás del cuello, inclinó su cuerpo hacia delante hasta que sus manos apoyaron en la mesa de cristal; el eco de los stilettos al desplazarse fue un latigazo de deseo.

—Abre más —ordenó.

Ella separó los pies lo máximo que le permitía la falda caída: quince centímetros de taco resonaron al correr sobre el mármol. La tanga quedó tirante entre los pliegues de su sexo, el hilo apenas cubriendo el clítoris inflamado. Los dedos de los amigos se multiplicaron: dos se hundieron por debajo del algodón, rozándole la entrada, otro par masajeó sus costados mientras una lengua circulaba alrededor del ano presionado por la tela. Anastasia apoyó la frente contra el frío cristal; sus gemidos se mezclaron con el zumbido del subwoofer distante.

Esteban bajó la cremallera de su pantalón. El sonido metálico hizo que todos mirasen. Sacó su polla dura, ya brillante de precancio, y se la acercó al costado de la cara de Anastasia.

—Ahora —susurró, mientras los demás sujetaban sus caderas— necesito que todos vean cómo mi putita pide ser llenada. Pero primero —sonró maliciosamente—, limpia el sabor de tu concha de mis dedos.

Empujó dos dedos, empapados de sus propios jugos, contra la comisura de sus labios. Anastasia los recibió, chupando con ansia, mientras un desconocido desplazaba la tanga a un lado y embestía con dos dedos en su vagina, hundiéndolos hasta el fondo. El choque de succión y penetración le arrancó un grito ahogado. La cámara enfocaba el espejo que tenía delante: Anastasia se vio reflejada como una diosa de carne, tetas colgantes, tacones interminables, agujeros usados, polla de su esposo rozándole la mejilla.

Esteban apartó los dedos de su boca y pasó la mano por su nuca, obligándola a mirar hacia el lente.

—¿Lista para el siguiente acto, mi obra maestra? —preguntó, la punta de su verga marcando un húmedo lunar de pre-seed en la punta de su nariz.

Anastasia, respirando con dificultad, sintió cómo un tercer dedo se unía a la danza en su interior. El público la vitoreaba en silencio, palmas contra muslos, bocas húmedas. Los tacones temblaban, pero no cesaban su tamborileo sobre el mármol, como si la propia piel de sus pies pidiese más escenario.

—Sí… —logró balbucear, ojos vidriosos fijos en la cámara—. Estoy lista. Haced de mí lo que él queráis… pero que mis tacos sigan tocando el suelo… quiero que escuchéis cada violación con cada taconeo.

Esteban sonrió con orgasmo anticipado y dio un paso atrás, dejando espacio a los demás mientras ajustaba el zoom del lente. Las luces láser cambiaron a rojo pasión. La música bajó un punto para dejar oír el coro de gemidos que estallaría en segundos. Las cremalleras descendieron como banderas de guerra. Anastasia apretó los párpados, inhaló el aroma colectivo de deseo y aguardó la embestida, consciente de que su cuerpo ya no le pertenecía: era un lienzo colectivo, un templo de tacones y carne donde todos rezarían. Y, en algún rincón de su mente, supo que esa noche su nombre resonaría en la discoteca mucho después de que el último flash apagase.

La música retumbó, un bombeo lóbrego que vibró en los huesos de todos mientras Esteban alzó la cámara a la altura de su pecho. Sus hoyuelos se marcaron al sonreír con fiereza; la lente enfocó la humedad brillante entre los muslos de Anastasia y la docilidad temblorosa de sus rodillas aún enfundadas en los tacones de aguja.

—Ahora la tanga— ordenó él sin alzar la voz, pero el imperio de su timbre bastó para que el grupo callara de golpe.

Anastasia apoyó las caderas contra la tela metálica del reservado; el frío la hizo estremecer, pero fue el fuego de la mirada de Esteban lo que verdaderamente la incendió. Sus dedos, largos y arqueados, se deslizaron por dentro del elástico negro; tiró hacia abajo, despacio, como si la tela desgarrara también la última capa de modestia que le quedaba. El slip cayó a los tobillos, se enredó entre las correas de los zapatos y quedó ahí, olvidado, mientras su sexo, lampiño y empapado, palpitaba al aire libre por primera vez aquella noche. Un murmullo de aprobación recorrió al público masculino; alguno se ajustó la bragueta con ansia.

Esteban no perdió detalle: apretó el disparador repetidamente, la ráfaga de la cámara un sonido seco que se mezclaba con los graves de la pista. Cada flash iluminó la cara de Anastasia embelesada, la punta de sus pezones marcando el encaje marfil, el brillo viscoso que colgaba de sus labios vaginales.

—Con una sola instrucción— dijo Esteban sin apartar el ojo de la mirilla—: los voy a ir turnando. Cuando llegue tu momento, posa, toca, saboreá, húmede, insultala si querés… pero los tacos no se separan del suelo. ¿Está claro?

El primero en dar un paso fue Bruno, alto, camisa negra abierta hasta el ombligo. Se colocó detrás de Anastasia, deslizó la mano por su cintura y la apretó contra su propio bulto. Con la otra mano descendió hasta hundir dos dedos dentro de ella de golpe. Anastasia soltó un gemido ahogado; los tacones repiquetearon, pero no se levantaron.

—Mirá a la cámara, putita—le siseó al oído Bruno mientras los dedos salían y volvían a entrar, chorreantes—. Que tu marido vea lo mojada que estás por cualquier pija que no sea la de él.

Los flashes estallaron. Esteban acercó el lente apenas a centímetros del sexo dilatado de su mujer; captó la contracción de su clítoris y la leche clara que le chorreaba por la hebilla de los zapatos.

Bruno apartó la mano y la llevó a la boca de Anastasia obligándola a lamer su propio sabor; en ese instante, Lucas —otro de los amigos— ya se había arrodillado tras ella. Palmeó las nalgas con ambas manos, separó las caderas y apoyó su rostro entre ellas. La lengua recorrió la raya del culo en un trago largo, pausado, para luego apuntar contra el anillo y presionar dentro.

Anastasia gritó; la falda azul le subió aún más, percha a la cintura, y los gemidos resonaron contra las paredes espejadas. La cámara no paraba; Esteban giró alrededor del trío captando la expresión de lujuria cruda de su esposa, los dedos de Lucas reingresando por el esfínter, la saliva corriendo por los tobillos enfundados en los tacones.

—¡Dale, abrile bien ese culito!— alentó alguien desde atrás.

Lucas obedeció: lubricó con saliva abundante, introdujo un segundo dedo y abrió en círculo mientras Anastasia temblaba, desplomando el pecho contra la barra del reservado. La música mutó: un corte de batería que coincidió con el martilleo de sus propios latidos.

Cuando Lucas se retiró, limpió sus dedos entre las nalgas de ella con un último beso, y Max —el tercer amigo, corpulento y con camisa estampada— tomó el testigo. Se colocó de frente, le bajó el copa-pez del sostén hacia abajo y emparedó el falo endurecido contra el canal de las tetas.

—Chupá, bombón— exigió, y Anastasia abrió la boca con ansia.

Esteban se agachó: desde abajo enfocó la corrida anticipada de Max, la cara de placer de su mujer y la visión de sus labios reventando a la entrada de esa polla gruesa. Captó la cascada de baba que se mezclaba con el preseminal de Max, la forma en que los huevos se golpeaban contra la copa del sostén cada vez que se hundía hasta la garganta.

En un momento dado, Max la tomó de las coletas y la inmovilizó al fondo; Anastasia ahogó una arcada, los ojos se le humedecieron, pero Esteban vio cómo su esposa apretaba las rodillas para no alzarse de los tacos.

—Foto… foto ahí— jadeó Esteban, casi tan excitado como ellos—. Que se note cómo se le salen las lágrimas de placer.

Max retiró la polla con un chasquido húmedo y le dio una bofetada ligera en los labios con ella antes de cederle el puesto al cuarto, Nico, que la volteó de inmediato. Presionó el pecho contra el espejo; el frío la hizo gemir doble. Nancy, la única mujer del grupo, se acercó entonces desde el costado para tomar la cámara auxiliar que Esteban le tendió sin palabras.

—Quiero que grabes cómo se la abren, Nans— pidió él, y Nancy sonrió mordiéndose el labial.

Nico desabrochó el pantalón, enrolló el látex a toda prisa y empujó hasta el fondo de la vagina de Anastasia de una sola estocada. El espejo empañó con el aliento de ella; el estruendo leve de sus tacos resonó cada vez que la embestían.

—¡Ahí, dale, duro!— gritaba alguien más allá del biombo. La pista principal parecía lejana, pero los ojos del resto de asistentes codiciaban desde el pasillo; la cortina del VIP no cerraba del todo. Anastasia no podía verlos, pero sabía que la observaban: la idea la incendió.

Nico la usó minuciosamente, variando el ritmo, retirándose casi del todo para que Nancy captara cómo se le contraía la entrada, y volviendo a hundirse hasta que Anastasia gritaba tan fuerte que doblaba la música cercana. Cuando estuvo a punto del orgasmo, Esteban dio una orden seca:

—Fuera. Todavía no.

Nico obedeció, apretando el glande contra el vientre para contenerse.

Respiración entrecortada, Anastasia se dejó caer de rodillas; los tacos resonaron en estertor. Se miró a la cámara con los labios temblorosos, la saliva escapándole por la barbilla:

—Por favor…

—¿Qué querés vos?— preguntó Esteban acariciando la lente como si fuera ella misma.

—Que… que me rompan… que me hagan su puta… pero que vos lo filmés todo— balbuceó, y un hilillo de lágrima mezclada con rimel descendió.

Hubo un silencio breve, sólo el bombo de la pista; luego Esteban dio un paso al frente, le acarició la mejilla húmeda y le alzó la barbilla con índice y pulgar.

—Entendido. Al cuarto oscuro— sentenció él.

Se la llevó de la mano como quien guía a una reina. Los tacones martillaron escalones abajo, un corredor alfombrado en rojo sangre donde la música se desvaneció, reemplazada por un zumbido tenue de luces violeta. En el extremo, una puerta doble de cuero negro marcada “Sala Privada”.

Dentro, el hedor a cuero viejo mezclaba con incienso barato. Candiles bajos proyectaban círculos dorados sobre un diván de terciopelo y una mesa alta de apoyo. Esteban colocó la cámara en el trípode, ajustó el angulo fijo a la mesa y marcó modo grabación. Luego se giró hacia Anastasia, que temblaba de pies a cabeza.

—Arriba— indicó, señalando la superficie.

Ella se encaramó con cautela; los tacos repiquetearon sobre la madera desnuda. Esteban se colocó frente a ella, le desabrochó los tres botones superiores de la blusa y la abrió de par en par. Los senos se ofrecieron, semi-cubiertos por el encaje marfil; él les dio un par de palmetazos suaves, lo justo para que latieran.

—¿Sentís lo que es ser la estrella? —susurró, mientras con la mano izquierda deslizaba la bragueta y sacaba la polla, dura como acero, templada por la sangre que ardía.

Anastasia miró la cámara sobre su hoyo y luego a él; afirmó con la cabeza, los labios entreabiertos, la respiración unstable.

—Entonces abrí bien esas piernas… vas a recibirlo todo, y estos tacos no se separan ni un milimetro del tablero… ¿entendido?

De nuevo ella asintió, se agarró de los tobillos, arqueó la espalda y ofreció: coño palpitante, ano rosado reluciendo de saliva ajena, tetas temblando al ritmo de su propio pulso.

Esteban no se apresuró. Se dedicó a fotografiar cada milimetro de esa escultura de deseo abandonada antes de tomar su lugar entre sus muslos. Y era sólo el principio: los amigos aguardaban al otro lado de la puerta, la cámara seguía grabando, y el reloj de la noche apenas marcaba la una.






Si este diario ha despertado algo en ti,
puedes apoyar a Afrodita.

Ayuda a Afrodita

Comentarios