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La cámara temblorosa enfocó la mesa de póker del sótano, donde una sola lámpara neón rosada parpadeaba sobre el fieltro verde manchado de ron y ceniza. Raúl apoyó los codos en la mesa, su tripa cervecera presionaba la cremallera de los vaqueros mientras sus dedos engordados mezclaban fichas y una foto desgastada de Helena en bikini. Tenía la camiseta empapada en sudor frío, el as de picas del antebrazo parecía más pálido bajo la luz enfermiza. “Vamos, cabrón —murmuró, mirando al calvo Mike—, una última mano. Todo lo que me queda… es ella.” Deslizó la imagen hacia el centro como si fuera una carta más; en la instantánea los pechos 40G de Helena rebotaban bajo un top mojado después de regar el jardín.
Mike carraspeó, su cejas tatuadas se arquearon. “La gorda tetona, ¿en serio?” El roce de su anillo contra la mesa sonó metálico. Tony, flaco y ojeroso, recostado en la silla, soltó una risita viciosa que terminó en tosecilla seca. Raúl tragó saliva, palpó la dureza que crecía entre sus muslos y repitió: “Pongo a mi esposa contra tus mil pavos. Pierdo, la entrego por la noche. Gano, me borras la deuda.” El silencio se rompió cuando Mike levantó dos cartas, mostró un full de ases y sonrió bajo el bigote gris. “Trato cerrado, gordo. Ahora llama a tu puta.”
Raúl marcó el móvil con dedo tembloroso; en la segunda señal Helena ya estaba bajando las escaleras del sótano con la blusa a cuadros abrochada hasta el último botón. Subió la mirada ansiosa, vio a los hombres y apretó la cartera contra el vientre. “Raúl, cariño… ¿por qué me dijiste que viniera con… la falda nueva?” Tartamudeó, consciente de que los ojos de Mike se clavaban en el abultado escote que asomaba entre las solapas. Raúl se incorporó, le pasó un brazo por los hombros y le susurró al oído: “Te amo, usa mi cuerpo. Hoy me salvás, mi reina.” Helena notó el olor a alcohol barato, la calidez fétida de la habitación; no tuvo tiempo de protestar: Mike dio una palmadita en el fieltro. “Desabrochala, rubia. Hora de cobrar.”
Helena bajó los párpados, sintió cómo el sudor le corría entre las tetas; con dedos temblorosos fue soltando cada botón. La blusa se abrió como una cortina, revelando un sostén de encaje beige que apenas contenían los pezones rosados, ya erguidos por el aire acondicionado averiado. Unas motas de ron salpicaron la copa cuando Mike tiró de una silla y se colocó detrás de ella. “Así, papi necesita probar la mercancía.” Sus manos grandes, surcadas de tatuajes vintages, se posaron bajo aquella carne blanca, temblorosa y suave; apretó, elevó, dejó que el peso natural se derrama entre sus dedos. Helena contuvo un quejido mientras él hundía la cara en su clivaje.
El primer lametón fue lento, desde la base de la teta izquierda hasta el pezón; la lengua áspera de Mike enrolló la aureola como si enrollara un cigarrillo. “Uhhh… suavecita”, gruñó, antes de abrir la boca y succionar el pezón con fuerza que hizo estallar un ‘slurp’ húmedo. Helena arqueó la espalda, la falda lápiz se le subió por detrás y dejó ver las piernas blancas cubiertas de vello suelto de miedo. Primero un gemido apagado, luego otro más audible cuando Mike usó ambas manos para juntar los pechos y alternarse entre uno y otro, dejando crecer la saliva que brillaba en cada aureola. El hedor a ron mezclado con aftershave agrio llenó la nariz de Helena; ella apretó los muslos, sintiendo la humedad que empapaba la tanga de algodón.
Raúl, a dos metros, se bajó la cremallera; su polla gruesa aunque corta se agarró con la mano derecha, comenzó a masturbarse al ritmo de los ‘chup-chup’ que resonaban en la mesa. “Eso es, Mike, chúpale esas tetazas… pagaste por ellas”, masculló entre dientes, el semen precoz ya brillando en la punta. Helena quería ocultar la cara, pero Mike la sujetó de la nuca y dirigió su boca hacia la segunda teta, obligándola a mirar cómo su esposo se frotaba. “¿Ves, nena? Tu marido disfruta más que yo”, dijo el calvo antes de morder suavemente y hacerla gritar.
Tony abrió la puerta del baño pegado al local, una bombilla amarilla iluminó azulejos rotos y un espejo agrietado. “Pásala, Joe, ya está caliente el terreno”, lanzó mientras se acomodaba el bulto en los vaqueros. Joe, corpulento y camisa abierta hasta el ombligo, se cruzó con Helena, la agarró de la muñeca y la jaló adentro. Raúl apenas si soltó la polla, siguió caminando tras ellos como quien asiste a una función a la que ha comprado entradas caras. Helena sintió la puerta cerrarse, el pestillo bajar. Joe se bajó la braga interior negra, su pija de 18 cm saltó tiesa, venosa, la punta rojiza preñada de pre-cum. “Ponte de perrito, muñeca. No tengo todo el día.”
Helena obedeció; se agarró al lavabo de loza desportillada, abrió las piernas tan anchas como la falda se lo permitía. Joe le arremangó la falda hasta la cintura, expuso dos nalgas blancas que se estremecían. Con un solo tirón le rompó la tanga; Raúl apenas si parpadeó cuando Joe alineó la cabeza de la polla y embistió sin preámbulo. El ‘slap’ de pelvis contra culo retumbó en el baño como una bofetada seca. “¡Ahh! D-des… despacio…”, jadeó Helena, pero Joe ya había agarrado sus caderas y empezaba un bombeo veloz, cada embestida hacía rebotar sus tetas colgantes bajo la blusa abierta, el ‘thwack thwack’ constanta convertido en himno.
Raúl se apoyó en el marco, pantalones en tobillos, mano subiendo y bajando su carne con furia. El espejo reflejaba la cara congestionada de placer de Joe, la boca abierta de Helena y los ojos vidriosos de Raúl mismo. “¿Lo ves, amor? Te abre bien rico… aguanta”, musitó, la voz quebrada de excitación. Joe aumentó la velocidad, los gruñidos se convirtieron en rugidos; su verga palpitaba dentro del coño apretado y húmedo, notando cómo la pared interna de Helena temblaba. Con una última estocada hundida, soltó: “¡Cógete mi leche, perra!” y descargó chorros espesos que llenaron la vagina hasta rebosar. El semen blanco brotó al instante, mezclándose con los fluidos propios de Helena que chorreaban por sus muslos hasta los tacos de 5 cm.
Helena sintió un hormigueo brutal en el clítoris; su voz se quebró:“ ¡Me rompeee!”, y entonces el orgasmo la sacudió: un chorro de squirt salió disparado contra la pata del lavabo, salpicando los zapatos de Raúl. El marido se vino casi al unísono, semen salpicando el suelo mugriento y sus propios dedos. Se apoyó contra la pared, respirando con dificultad, los ojos brillando de orgullo mezclado con autodesprecio. Joe salió limpiándose la polla en la falda de ella, la última gota cayó sobre el cierre. Raúl se inclinó, besó la mejilla húmeda de Helena: “Grita mientras te llena, nena. Eres mi diosa.”
Volvieron a la mesa. Tony había quitado el fieltro viejo y extendido un plástico mugriento; el reflejo de la lámpara parpadeaba sobre la superficie resbaladiza. “Arriba, muñeca. Segundo asalto”, indicó, palmeando el borde. Helena apenas si podía mantenerse erguida, el semen de Joe le corría intermitente por el interior de los muslos y debajo de la falda. Con ayuda de Mike se subió a la mesa, se arrodilló, después se reclinó sobre los codos, culo al aire y tetas colgando como faroles de carne. Raúl se colocó a su lado izquierdo, acarició su cabellera castaña clara y murmuró: “Abre las piernas por tu hombre.”
Tony se liberó la bragueta; su pene delgado aunque largo salió palpitante. Sin preámbulo se alineó y se la metió toda de una sola embestida. Los ‘slap-slap’ más rápidos que los de Joe, como metralleta, hicieron reverberar la mesa. Las tetas 40G de Helena rebotaban en círculos hipnóticos, chocando una contra otra, salpicando sudor frío sobre el plástico. “Te amo, Raúl…”, alcanzó a jadear ella antes de que un estallido de placer le cortara la respiración. Tony aceleró, la mano enguantada en un guante de plástico le dio dos nalgadas que dejaron marcas rojas claras. “Sí, aprieta, putita… vas a desayunarme la leche”, gruñó mientras clavaba las uñas en sus caderas.
Raúl se masturbaba con furia renovada, el glande inflamado rozaba el brazo de Helena. Se inclinó, la besó en la boca abierta, lamió la punta de su lengua temblorosa mientras sentía el temblor de los músculos de ella. Tony gruñó, arqueó la espalda y descargó otra carga espesa dentro de la vagina ya saturada. El semen rebalsó de inmediato, formando un charquito lechoso bajo su vulva. Raúl no pudo contenerse más: se apartó unos centímetros, apuntó hacia las tetas colgantes y soltó su propia corrida, hilos blancos salpicaron las aureolas húmedas, se mezclaron con la saliva de Mike que aún brillaba. “¡Tómate mi premio, cielo!”, gritó, la voz quebrada, los ojos vidriosos.
Tony salió con un ‘plop’ húmedo, dio media vuelta y fue a servirse un trago de ron sin mirar atrás. Helena colapsó sobre el plástico, pecho subiendo y bajando con jadeos cortos, las mejillas encendidas y el cuerpo cubierto de marcas digitales, morados incipientes sobre sus senos, esqueléticos mapas de dedos en las caderas. Chorretes de semen le caían despacio por los muslos, formando un hilito que se rompía y se unía otra vez. Olía a sexo derramado, a tabaco mojado y a triunfo enmohecido.
Raúl, aún con la polla empapada, se arrodilló junto a la mesa, acarició un costado de esas tetas goteantes y susurró contra su oreja: “Mi boleto ganador.” Helena apenas tuvo fuerzas para sonreír; un temblor le recorrió la espalda cuando notó la cámara acercarse, enfocando el par de montículos abundantes que seguían temblando suave, y luego descendiendo hasta su coño, hinchado, abierto, con un hilo de esperma espeso que se deslizaba entre los labios y caía sobre el plástico con un leve ‘plop’. Raúl limpió la punta del dedo en su propio semen, dibujó una línea por la aureola izquierda y prometió: “La próxima ronda será aún mejor.”
Helena cerró los ojos, sintió cómo el sudor le escurría por las sienes y se mezclaba con el semen ajeno. En algún lugar del techo, la lámpara neón siguió parpadeando, testigo de que la noche apenas empezaba. Un nudo de vergüenza y calor en el vientre le recordó que, aunque su timidez le estallaba en la garganta, su cuerpo vibraba con la certeza de que volverían a usarla, y ella, para salvar a su hombre, se dejaría.
Raúl se incorporó, se ajustó la bragueta sin limpiarse, recogió las fichas que le quedaban y sonrió a cámara con la satisfacción de quien acaba de convertir a su esposa en premio de colección. La partida continuaba, y la verdadera apuesta apenas acababa de empezar.
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