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Fiebre de Carnaval

El precio de una deuda

 





Helena sintió el sabor metálico del miedo mezclado con el ron que le había chorreado por los labios cuando uno de los desconocidos le había dado directamente desde la botella. Sus muslos temblaban bajo la falda lápiz, la tela sucia de manos ajenas y tironeada hasta dejar al descubierto el borde de sus glúteos. A cada compás del reguetón que retumbaba en la Lujuria, otro cuerpo se pegaba a su espalda, empujándola contra el siguiente, una cadena de sudor, lujuria y humillación que ni siquiera el estruendo de la música lograba enmascarar del todo.


Un tipo de camisa negra brillante le apretó los pechos con ambas manos mientras arengaba a sus amigos. Sentía sus tetas enormes amasadas brutalmente, el encaje del sostén que Raúl le había elegido "por discreto" subiéndole hasta casi dejar los pezones al aire. Otro le agarró las caderas, alzó la falda de un tirón y frotó un paquete enorme contra sus nalgas: «Esta puta va a pagar la deuda de su marido con su coñito estrecho. Cielo... relájate y abre». La frase le llegó directo al médula y le provocó un escalofrío; su vergüenza se aferró a la timidez, pero su cuerpo ya traicionaba, húmedo, palpitante, ansioso de ser llenado aunque fuera delante de docenas.


Afónica, Helena buscó la mirada de Raúl entre la multitud. Lo encontró en penumbra, junto a una columna de luces violeta, la camisa abierta, la tripa cervecera subiendo y bajando con la respiración agitada y la polla gorda marcando un bulto obsceno en la cremallera. Él se palmeaba encima del pantalón sin disimulo, los ojos inyectados fijos en ella como si la posesión de aquella tarde en el piso de Mike aún le quemara. Helena tuvo un instante en que, entre los flashes, pareció verlo decir con los labios: «Aguanta, amor...». Y un nudo de calidez triste se le formó en la garganta porque sabía que también él estaba preso del mismo chantaje: el prestamista atrás del DJ les había prometido "perdonar" treinta mil si ofrecían un espectáculo digno de la Lujuria.


El tipo de la camisa brillante pasó la mano a su nuca y la inclinó hacia adelante; otro grupo la esperó de rodillas. Un moreno delgado le separó los pies con la botella vacía, haciéndola abrir la zancada mientras le subía la falda hasta la cintura. El aire acondicionado rozó sus bragas humedecidas y ella se estremeció. «A ver, muñeca, vamos a ver cómo aprietas», murmuró alguien antes de empujar el tanga de encaje beige a un lado. Helena intentó protestar, pero otro hombre aprovechó su boca: le metió los dedos entre labios, sabía a tabaco y a vodka. «Chúpalo, preciosa, aquí se paga con tu lengua».


Consiguieron tumbarla de medio lado sobre una tarima de plexiglás que se alzaba como isla central. El vidrio era frío contra sus senos desparramados; el sostén ya pendía en dos tiras inútiles. Con cada respiración, sus tetas se agitaban, y la multitud rugía contento. El moreno acarició su clítoris con la punta de la botella, deslizándose apenas, luego se inclinó y la lamió de arriba abajo. Helena gritó, el orgasmo subía con torpe voracidad, pero antes de que explotara se la apartaron a empujones: «Aún no, puta, aquí mandamos nosotros».


La acostaron boca arriba. Alguien desabrochó la falda lápiz y la arrancó en uno buen tirón; los botones de la blusa volaron. Quedó solo en ropa interior rota, la piel clara brillante a destellos, los pezones rosados duros y apuntando al techo de espejos. «¡Esa hembra!» «¡Dale, Toni, fóllate esas tetas!». Cuatro brazos la sujetaron, dos a cada muñeca; dos hombres aprovecharon para apretar y amasar los globos pesados hasta que ella jadeó. El que parecía denominarse Toni se colocó a horcajadas sobre su pecho; sacó una verga gruesa de unos veinte centímetros y la apretó entre los senos, ordenándole: «Agarra esas ubres, nena, y aplástalas contra mi tranca». Helena, sofocada, obedeció; las manos temblorosas cubrieron la polla y la oprimieron. Toni empezó un embate furioso: subía y bajaba, la cabeza rozándole el mentón, dejando rastros húmedos de precum en su pecho. Cada golpe de cadera rebotaba sus tetas, y ella sentía cómo la piel se enrojecía.


—¡Mira, cornudo! —vociferó alguien en dirección a Raúl—. ¡Tu mujer se las da de pornostar!

Raúl dio un paso al frente, la mandíbula temblando, excitado y humillado a partes iguales. Helena alcanzó a ver cómo se bajaba la cremallera y sacaba la polla, ya empapada de pre-cum; se la frotaba lentamente, como queriendo alargar la agonía de contemplarla usada. Había placer en sus ojos, pero también esa culpa hambrienta que solo los viciosos conocen.


Un segundo tipo se plantó entre sus piernas, abrió las rodillas con brusquedad y se introdujo sin preámbulos: un gordo de camisa hawaiana que le llenó el coño de una sola estocada. Helena gritó ahogada; la verga de Toni siguió bombeando entre sus senos, amenazando con invadirle la boca en cualquier segundo. El gordo la tomó de los muslos y comenzó a follar salvaje, haciendo chocar sus nalgas contra la tarima. Los mirones vitoreaban: «¡Más fuerte!» «¡Hazla gritar, tío!». Cada embate enviaba ondas por su vientre; la blusa rasgada se enroscaba en sus codos como si también ella quisiera esconderse.


Helena sintió que la despedían de nuevo: la sacaron la polla del coño, la giraron, la montaron a cuatro patas. El de la camisa hawaiana, ahora detrás, la empalmó en el culo sin avisar; la presión ardiente hizo que ella apretara los ojos mientras su boca, traicionera, soltaba un gemido de puro fuego. Al mismo tiempo, otro se tumbó bajo ella y le clavó la polla en la vagina. El doble estrechimiento fue brutal: dos vergas enfrentándose solo por un delgado tabique interior, haciéndola sentir que se la partían en dos. «¡Ahí se va!» «¡La estamos doblando!». Los dos coordinaron ritmo: cuando uno retrocedía, el otro avanzaba, de modo que Helena nunca quedaba vacía. Entre los embates, sus pechos colgaban, siendo lame-tetillas, manoseados, hasta que Toni, ya fuera de control, los volvió a aprisionar y se los frotó, corriéndose finalmente: una descarga espesa salpico su escote, su garganta, su barbilla. La leche le goteaba por las pecas mientras la sangre de la vergüenza le subía a las mejillas.


Se la voltearon de nuevo, pero era otro quien la esperaba: joven, fibroso, con la polla curvada hacia arriba. La montó, le agarró la nuca y le ordenó: «Abre los ojos, mi reina... mírame mientras te reviento». Helena, desfallecida, clavó la mirada en él; detrás, en la penumbra, Raúl seguía pajeándose, pero más lento, como si gozara del sufrimiento dilatado. El fibroso le dio unas nalgadas que retumbaron en la bocina: —¿De quién es esta cerda?

—Del gordo... de... Raúl —logró balbucear Helena entre jadeos.

—Pues dile que se aprenda: ¡tu concha me agradece! —Y la taladró con tal fuerza que el escenario vibró. Helena sintió que iba a correrse otra vez; su clítoris, hinchado, rozaba el hueso púbico del tipo, y cuando él le mordisqueó el pezón izquierdo, la tormenta explotó: un chorro caliente salió de su coño, empapando el pubis del fulano. Gritos de júbilo. «¡Mira cómo chorrea la zorra!» «¡Eso es squirt de puta feliz!». Alguien le recogió un poco con los dedos y se lo pasó por la cara, pintándole bigotes de su propio jugo.


Helena apenas se reconocía: respiración corta, sabor a semen y a sal, las tetas rojas de nudos y mordiscos, el pelo castaño claro enmarañado sobre la frente. Le palpitaron las sienes; sintió que se la bajaban del escenario y la arrastraban hasta el borde donde Raúl la tomó entre sus brazos. La multitud los abucheó, reclamando "más", pero el prestamista alzó el micrófono: «Pago aceptado... ¡por esta noche!». Risas, aplausos, despaciosamente la masa se dispersó hacia el bar.


Raúl le acomodó la blusa hecha jirones sobre los pechos; la falda estaba perdida. Ella temblaba, la piel le escocía, el semen le escurría por el vientre y le empapaba la tanga rota. Él la estrechó con fuerza, la tripa cervecera presionando contra su costado, y a pesar de todo Helena sintió una calidez extraña: el latido familiar de su marido. —¿Estás bien, mi amor? —susurró Raúl en su oreja izquierda, la voz ronca, el aliento a mezcla de ron y cigarrillo. Helena no pudo responder con palabras; apretó la frente contra su pecho y asintió, aunque las lágrimas le resbalaban mezclándose con la leche ajena.


Desde arriba, un haz de luz verde los iluminó como si fueran dos actores tras el telón final. Helena notó que la polla de Raúl seguía dura contra su muslo; la situación le provocó una risita temblorosa, entre desesperada y cálida. Él la miró, comprendió, y le pasó el pulgar por la mejilla limpiando semen. —Vamos a casa —murmuró, envolviéndola con su chaqueta de repartidor. Antes de salir, Helena se volvió una vez más al escenario vacío: los focos aún giraban, los espejos reflejaban restos de fluidos brillando como constelaciones obscenas sobre el plexiglás. Un camarero recogió la falda lápiz desgarrada y la colgó de un gancho, trofeo provisional de la noche.


Helena apretó el brazo de Raúl. No era perdón, tampoco olvido; era la certeza de que, al menos ese día, esa deuda estaba saldada. Mientras caminaban entre el humo y los remanentes de bass que retumbaban en las paredes, sintió cómo la excitación, el dolor y la culpa se convertían en algo sólido entre ellos: un paquete de billetes para la próxima partida de póker, quizá, o una cicatriz invisible que los ataría hasta la siguiente apuesta. Afuera, el asfalto estaba mojado; el reflejo de los neones se derramaba como los fluidos que aún le escurrían por las piernas. Respiró hondo. El aire frío le hizo contraer los pezones, y Raúl, al notarlo, la estrechó más. Ninguno habló. No hacía falta: la noche seguía viva dentro de ellos, palpitando, esperando la próxima mano.

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