Ir al contenido principal
La música retumbaba con tal fuerza que el suelo mismo parecía temblar, un latido profundo que golpeaba los huesos antes que los oídos. En la Discoteca Lujuria, el aire olía a sudor, perfume caro y promesa de sexo; los rayos láser cortaban la penumbra en destellos de neón que acariciaban los cuerpos empapados de deseo. Cyntia avanzó entre la multitud apretada, su uniforme de camarera —una mini-falda negra de vinilo que se tensaba sobre sus caderas y una blusa escotada que apenas domaba sus tetas gigantes— brillando cada vez que la luz rozaba la tela húmeda de su piel. Los tacones de aguja que calzaba, de veinte centímetros y plataforma transparente, hacían crujir el parqué con cada paso: clack, clack, clack, hipnótico, como un metrónomo de lujuria que anunciaba su llegada.
Llevaba la bandeja con botellas de champán sobre la cabeza, los músculos del cuello tensos, los pezones pesados amenazando con reventar la tela cada vez que respiraba. Un cliente intentó deslizar un billete entre sus muslos; ella sonrió, le mordió el lóbulo al oído y siguió caminando sin dejarle tocar, dejando tras de sí un rastro de frustración que olía a pre-cum. En mitad de la pista, Luciano la esperaba. Apoyado contra la barra de acero inoxidable, la camisa negra desabrochada dejando entrever el pecho liso cubierto de vello raso, parecía tallado en sombra: hombros anchos, mandíbula cuadrada, ojos brillantes como tizón. Cuando la vio se incorporó, cruzó la distancia en dos zancadas y, sin preámbulos, le atrapó la muñeca.
—La puta de pole no ha venido —gritó, aunque su voz sonó más bien un susurro ronco al oído de Cyntia, la vibración de su pecho rozándole el hombro—. Te necesito arriba, diez minutos. Disfrázate de colegiala, la mercancía pide frescura.
La mano de él escapó por su antebrazo, un desliz controlado que terminó apretándole el costado, justo bajo el seno, como si midiera la respiración de ella. Cyntia sintió el pánico y la curiosidad por estrellarse en su estómago. Sonrió con comisura torcida.
—Diez es mucho tiempo, jefe. Dame cinco; que la falda me la coso con miradas —replicó, y su voz salió tan segura que ni ella misma esperaba la certeza que vibró entre ellos.
Luciano la soltó de golpe, como quien suelta una garra, pero los pulgares le arañaron la cintura antes de perder contacto. El calor de esa caricia fugaz quedó marcado en su piel mientras ella se deslizaba entre los cuerpos, subía la escalera de servicio y desaparecía tras el biombo de lentejuelas que ocultaba el camerino de emergencia.
Allí, rodeada de perchas chirriantes y bolsas de lencería usada, Cyntia se despojó del uniforme tan rápido que el vinillo chilló al arrastrarse por sus muslos. El sostén que llevaba —negro, de encaje barato— lo mantuvo: era parte del personaje. Se enfundó una falda plisada que le llegaba tres dedos bajo la raya del culo, la tela tan delgada que la marca de sus labios quedó visible cuando se agachó. La blusa era una parodia de inocencia: blanca, pero talla única para adolescentes anoréxicas; los botones estallaban ante la presión de sus pechos, los agujeros permitiendo asomar aureolas rosadas cada vez que respiraba. Se calzó unas medias de red que se abrieron camino hasta sus rodillas, y se aseguró de que el suspensory —una tanga de hilo también negro— se hundiera entre sus labios, marcando monte y hendija con rudeza. Los tacones anteriores los reemplazó por unos Oxford de plataforma de dieciséis centímetros y tacón de aguja rojo sangre, el cuero brillante como látex recién engrasado. Cuando dio un paso de prueba, el tacón golpeó el cemento con un eco de distancia: clic, anunciando que el escenario ya era suyo.
Se miró en el espejo desconchado: los pechos rebotaban, los pezones endurecidos perforando la blusa; las caderas se ensanchaban bajo la falda tan corta que el contraste parecía una broma obscena. Se empujó los labios con gloss brillante, se mordisqueó la comisura y salió.
La multitud rugía al unísono cuando los focos de personal spot la encontraron. La pista central, elevada veinte centímetros sobre el público, centraba todas las pupilas. Cyntia subió despacio, cada tacón clavando el compás: clack… clack… clack. Se detuvo bajo el cilindro de luz, sintió el calor de los focos en la nuca, el sudor corriendo entre sus tetas, el hilo de la tanga hundiéndose más con cada respiración. La música bajó un pulso, dejando solo un grave que le temblaba en el clítoris. Entonces echó hacia adelante la cadera, abrió los brazos y giró sobre el tacón derecho; la falda voló, mostrando el glúteo izquierdo cubierto apenas por una red de nilón.
El público explotó. Billetes volaron, billetes verdes que aleteaban al aire como mariposas de valor. Cyntia bailó sin prisa, los movimientos de cadera transmitidos directamente desde sus talones: cada desliz de pie suplicaba que la mirasen, cada giro de tobillo ofrecía un nuevo ángulo de deseo. Con el pulso lento, abrió un botón de la blusa; otro; otro. El tejido se apartó, dejando ver el montículo cálido entre los encajes del sostén, la piel blanca brillando bajo el sudor. Se acercó al pole de acero cromado, lo rodeó con la pierna y, apoyando la planta del Oxford contra la base, se impulsó: se elevó dos palmos, las piernas abiertas en V, la falta cayendo de bruces contra su vientre. Desde abajo se la veía entera: las medias estiradas, la tanga empapada, los labios mayores marcando un bulto húmedo que parecía temblar al son del bajo.
Bajó con lentitud, la rodilla deslizándose por la barra metálica, el roce dejando un surco de sudor que brilló como un rayo. En el borde del escenario, las manos de los clientes se agitaban, billetes de veinte y cincuenta extendidos como ofrendas. Cyntia se arrodilló, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en la tarima, sus pechos colgando, la blusa abierta de par en par. Susuró con voz ronca, casi un gemido:
—¿Quién quiere tocar?
Un rugido fue la respuesta. Un tipo con camisa de cuadros rosa chillón alzó dos billetes de cien. Ella sonrió, capturó su muñeca y guió sus dedos hasta la curva externa de su seno izquierdo. El hombre apretó, codos temblorosos, el pulgar rozando el borde de la aureola. Cyntia dejó escapar un jadeo breve y se apartó, dejando que otro cliente, ahora dos, ahora tres, pagaran por deslizar sus yemas por sus muslos, por el surco de su espalda, por roce fugaz en sus pezones endurecidos. Cada contacto era como una chispa seca cayendo sobre un lago de gasolina: ella sentía cómo el sexo se le mojaba, la tanga empapada, el clítoris palpitando contra la tela.
Pero no era suficiente. El juego debía subir de tono. Se incorporó, dio un paso atrás hasta el centro del escenario y, con un gesto teatral, se quitó la blusa de un tirón. La tela cayó como una bandera rendida. El sostén negro, con aros que esculpían sus 42H en montañas temblorosas, brilló bajo los focos. Los aplausos se convirtieron en un estruendo. Cyntia giró, mostró la espalda, descubrió el tatuaje en la lumbas: un corazón chalado atravesado por dardos. Desabrochó el broche frontal del sostén; las copas cedieron, los pechos rebotaron con peso hipnótico, pesados, suaves, con pezones gruesos y redondos que apuntaban hacia afuera como invitaciones. El sostén cayó al suelo.
El público enloqueció. Billetes volaban. Alguien desde el VIP gritó: —¡Quiero comerte las tetas, puta!
Cyntia rió, una carcajada profunda que le salió desde las costillas, y se acercó de nuevo al borde. Esta vez no pidió permiso: agarró la cabeza de un cliente —un ejecutivo con corbata deshecha— y la empujó hacia su pecho. La boca del hombre se chupó el pezón con ansia audible, la lengua golpeando el anillo de carne; Cyntia apretó su nuca, marcando el ritmo, sintiendo la succión en lo más hondo de su útero. Mientras tanto, otro billete de doscientos rozó su cadera; ella soltó al ejecutivo, se volvió y, sin mirar, ofreció su otro pezón a la nueva boca. Así intercambió: un pecho para cada pago, cada lengua un capullo que la encendía más. Sus manos bajaron, acariciaron, apretaron; cuando un cliente intentó pagar para tocarle la tanga, ella negó con la cabeza, se apartó, y con la planta del Oxford pisó el billete que él dejó caer, clavando el tacón en el papel como quien marca territorio.
Se retiró al centro, dejó que los pechos balancearan al compás de la música, cada bote un latigazo de placer que le vibraba en las caderas. Se agachó, abrió las piernas, la falda subió hasta la cintura: la tanga, apenas un hilo, ocultaba sólo la entrada de su sexo, los labios mayores hinchados y húmedos marcaban un par de montículos brillantes. Se deslizó el dedo índice por encima del hilo, rozando el clítoris, y dejó que un convulsivo gemido escapara. No era teatro: era necesidad. El público vitoreó, los flashes de móviles centelleaban, las caras se estiraban, lágrimas de deseo en los ojos de los más cercanos.
Entonces se incorporó, dio la vuelta al pole y, con un impulso de piernas, se elevó de nuevo. Esta vez se dejó caer de espaldas, las piernas abiertas en ángulo de noventa grados, los tacones apuntando al techo como misiles. Desde abajo se la veía toda: los pechos colgando, la tanga empapada, los músculos del abdomen contrayéndose con cada respiración. Giró, se retorció, dejó que el sudor cayera en gotas que brillaban como perlas antes de desaparecer entre el público.
Cuando bajó, el escenario estaba alfombrado de billetes. Cyntia recogió uno, lo enrolló y, con gesto lento, se lo pasó por el escote, entre los senos, hasta dejarlo caer en la abertura de su falda. El público rugió más fuerte. Ella caminó hasta el extremo opuesto, donde la barra de luces rojas marcaba el límite. Allí, se agachó de nuevo, se inclinó hacia atrás y apoyó la cabeza en el metal frío. Los pechos se derramaron hacia sus axilas, los pezones apuntando al techo. Desde abajo, Luciano la observaba. Sus ojos negros no parpadeaban; la luz roja dibujaba suaves líneas en su rostro duro, la camisa negra pegada al pecho por el sudor. Cyntia le miró directamente, se mordió el labio inferior y, con el pulgar, se bajó la tanga justo lo suficiente para que él pudiera ver el húmedo brillo de sus labios, el orificio vaginal palpitando al compás de la música. Fue solo un segundo, un guiño de complicidad que selló un pacto silencioso: ella era suya, él era su dueño, pero esta noche ella era la reina.
Se incorporó, dio un último giro, los tacones clavando el compás final: clack, clack. Con un gesto dramático, se quitó la falda de un tirón; la tela rodó por sus muslos hasta quedar atrapada en los tobillos. La dejó así, semidesnuda, solo la tanga empapada y los zapatos de plataforma. Extendió los brazos, recibió la lluvia de billetes como si fuera confeti y, cuando el DJ cortó la música de golpe, el silencio fue un vacío que se llenó con el estruendo de aplausos, gritos, pataleos contra la tarima. Cyntia respiró hondo, el pecho subiendo y bajando, el sudor resbalando por el surco intermamario. Se agachó, recogió un puñado de dólares, los apretó contra su vientre y, por última vez, miró a Luciano. Él asintió apenas, una inclinación de barbilla que parecía decir: «Mañana hablaremos».
Ella se dio la vuelta, la tanga se le hundió más entre las nalgas al caminar, los tacones golpeando el escenario con eco de victoria. Desapareció tras el biombo, entre el humo y el olor a sexo recién pagado. En la oscuridad, solo el latido de su propio cuerpo la acompañó: pezones ardiendo, sexo palpitante, la sensación de haber sido vista, tocada, deseada y nunca poseída del todo. Por primera vez en mucho tiempo, Cyntia sonrió para sí sola: había encontrado algo que ni el gangbang más salvaje le había dado: la certeza de que era ella quien manejaba la muchedumbre, la que hacía llorar de necesidad a extraños, la que, con solo un par de tacones y un par de tetas, podía prender fuego a la noche.
La música volvió a subir, la multitud siguió bebiendo, pero en el pasillo cercano, ella se detuvo, apoyó la frente contra la pared fría y dejó que los billetes cayeran al suelo. No le importaba el dinero; le importaba el eco que le quedaba dentro, el zumbido que le recorría la piel como vibrador invisible. Se llevó los dedos a la boca, saboreó el sudor ajeno y propio, y susurró, tan sólo para sí:
—Esto soy yo, puta y reina. Y nadie me quita mi trono.
Los tacones volvieron a sonar: clack, clack, clack, alejándose, llevándola hacia la siguiente noche.
Comentarios
Publicar un comentario